El Precio de la Libertad

Updated: Apr 9


“Y que aventurera que se ha puesto la juventud,

Le da lo mismo Tokio, Barcelona, que Moscú.”

- Buena fe

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Decidido y quijotesco marginó las banderas, los himnos y pasaportes. El beso de su madre en los mofletes, un par de fotografías amarillentas en la cartera y las pelusas que encontraban asilo en sus bolsillos eran toda la armadura que cargaba. El gigantesco pájaro de metal que aprendía a domesticar lo desamparó en Ecuador; el primero de sus destinos y el final de su inocencia.

La habitación de un hotelucho barato se convirtió en una jaula, y una abstracción del hogar. Las paredes de papel pintado le asfixiaban cada día el optimismo. El sueño era un extraño y las incómodas camas con sus ásperas sábanas y olor a humedad tenían sabor a lecho de muerte. Pasaban las horas, pasaban los días y no pasaba nada. La incertidumbre angustiaba más que el ayuno. Eran ahora un grupo de seis con el mismo objetivo; cuatro mujeres y dos hombres que comenzaban a conocerse quizás en el punto más desesperado de sus vidas. La orden era tan simple como agobiante: sentarse a esperar una señal; como quien va tarde a su propio parto y le toca esperar una luz verde que se hace de rogar y parece no llegar nunca. Siempre con el recelo de ser detenidos y deportados. Montaron entre ellos un paripé de parejas para pasar desapercibidos. Una semana después llegó como una ola de aliento la noticia de que sus permisos se encontraban “en regla”. ¡Bendito sistema de Latinoamérica!

Aterrizaron en Nicaragua. La estancia fue corta, contaban con unas escasas 48 horas para atravesar legalmente los puntos cardinales del país. El guía, turístico si cabe, encargado de encaminarlos hacia la frontera fue esposado en un instante de esos que la buena fortuna pisotea la esperanza. Su nombre desapareció como si nunca hubiese existido. Ni las leyes ni la persecución hacen un paréntesis para sentimentalismos. Ni la supervivencia deja hueco al carácter humano. Los nómadas, sin brújula ni tiempo y adoptando un lema del refranero popular: “preguntando se llega a Roma”, siguieron su viaje como alquimistas de la geografía.

Ya en Honduras, dieron con un pueblecito del sur llamado Choluteca. Si la pobreza y la necesidad tuvieran rostro sería el de uno de los vendedores ambulantes que por allí merodeaban. O el de los niños descalzos que conocían el trabajo mejor que cualquier adulto. Y sonreían. En las generaciones empíricas reír parecía un acto tabú, extinto, o quizás duraba tan poco que escapaba a la luz. Se entregaron a las autoridades. Fueron reunidos con otro grupo de “aventureros” que esperaban pacientes la llegada de otros semejantes. Un autobús para Tegucigalpa saldría solo cuando estuvieran todos los necesarios para pagarlo. Había quien aprendió a contar los milisegundos de los segundos, los minutos de las horas, las horas de los días y los días que separan la cordura de la paranoia histérica y desvariada mientras aguardaba su postura. Con ellos el termómetro marcaba la cima. Partieron de inmediato para la capital, donde recibieron un salvo-conducto que les permitía dos días y dos noches para alejarse del suelo hondureño. La travesía hacia la frontera resultó despejada. Solo antes de cruzar fueron detenidos por los guardias locales. El pánico mordía la piel de cada viajero. El miedo intangible era casi palpable, casi concreto. Cada uno sacaba el papelucho que encontraba para mostrar. La policía los juntó a todos y con una cámara de fotos les sacaron dos o tres (a más de un preso le tentó la idea de pedir una copia). Terminado el trabajo les fue permitido proseguir. Al día siguiente la imagen estaba en todos los medios y periódicos. El gobierno hondureño se anotó una victoria a favor en contra de los ilegales, y los ilegales continuaron su camino. Todos contentos.

Es curioso como en cada país de América solo cambian los nombres. Los patrones sociales se repiten siempre. Mandan los de siempre, obedecen los de siempre y los de siempre se enriquecen. La corrupción y el soborno siempre abren las puertas que las leyes no alcanzan. Guatemala no era diferente al resto. Allí convivieron los seis desconocidos; escondidos. Sin saber cuánto tiempo era necesario para organizar los pendientes de afuera. Nuevamente pasaban las horas y los días de autocontrol, de filosofías olvidadas, de cerrar los ojos y cruzar los dedos. La luz verde demoraba una vez más. Las instrucciones llegaron de madrugada y un par de horas antes de volver a la carretera. Salieron en autobús, escoltados por otras dos máquinas; una delante y otra detrás para prevenir puntos de inspección y posibles contratiempos. Cuando estaban tres kilómetros previos al borde cambiaron de transporte como estrategia de fuga; todo ocurrió en un pestañazo.

Entraron a México por Tapachula, una importante ciudad de Chiapas. Cruzaron la frontera en motocicletas y fiaron su equipaje a nativos que preferían el camino del río. Eran individuos peculiares. Estaban casi desnudos, descalzos y llevaban una especie de cuerda que se amarraban a la frente y cargaban con ella las maletas. Cada uno agarraba tres piezas; dos en la espalda y una por delante. Los llevaron a una casa por ahí cerca donde esperaron sus pertenencias. En media hora los nativos cumplieron. Durmieron la noche en un hotel muy parecido a los que ya conocían y al día siguiente volaron a la Ciudad de México. En el aeropuerto cada oficial sabía leer el lenguaje secreto de los fugitivos. La manera en que sostenían sus documentos, las pistas marcadas y señaladas en el pasaje, la colocación exacta de éste adentro del pasaporte; todo dictaba que podían pasar, todos habían sido costeados para no poner problemas. En el D.F arribaron otro avión hasta Laredo. Un taxista les llevaría cerca de la frontera por 15 dólares. El viajero inspeccionó su cartera; le quedaba muy poco.

Se volteó y dijo: - ¿hasta dónde me llevas por 60? -.

>> En mes y medio he envejecido doce años. He palpado el miedo y la extorsión y el

escepticismo y la extraña hermandad que nace en situaciones límite. He rezado en los rincones más sombríos de esta tierra y maldecido bajo un sol monárquico que castigaba el arriesgo mortal de desafiar al azar y los desiertos.<<

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